La espiral
- Yolanda Moreno Chamorro
- 6 abr 2022
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 29 mar
La espiral de la vida se alza como un símbolo eterno del movimiento, del cambio que nunca se detiene, de la transformación constante que habita en cada ser humano. Es una fuerza que despierta nuestra energía más profunda, aviva la creatividad dormida y nos impulsa hacia la acción, hacia la productividad que nace del alma.
Es la chispa de la motivación, el pulso del crecimiento personal, la señal de que seguimos evolucionando. Representa la expansión de la conciencia, el viaje que emprendemos hacia nosotros mismos, donde cada giro es aprendizaje, experiencia y sabiduría ganada con esfuerzo y dolor.
Desde lo externo, la espiral parece hablarnos del mundo material, de la apariencia, de aquello que se ve. Pero a medida que sus curvas se aproximan al centro, todo cambia: el símbolo se vuelve más íntimo, más profundo. Allí habita lo invisible, la esencia pura, esa conciencia cósmica que conecta lo humano con lo divino.
Para mí, la espiral es un lenguaje de doble sentido. En muchas de mis obras la interpreto desde el centro, desde ese magma original donde nace la vida, el conocimiento y la libertad. Es el punto de partida de nuestra evolución, el lugar donde comenzamos a construir nuestra identidad y a despertar como seres autónomos.
Podríamos verla en ambas direcciones: hacia afuera, como el camino de la liberación; hacia adentro, como el dolor del control y la opresión. En su corazón late la sabiduría, la consciencia plena del ser. En su expansión hacia la periferia, el desprendimiento de todo aquello que duele, que nos limita.
Para mí, la espiral es el reflejo del crecimiento, de la fuerza vital que renace en cada caída. Es el símbolo de un renacimiento perpetuo. La conecto con la lucha de todas aquellas personas —especialmente mujeres— que, tras el maltrato, buscan reconstruir su voz, su cuerpo, su mente. Es la expresión de quienes cargan traumas tatuados en lo más hondo del cerebro, que reviven sin entender por qué, pero que poco a poco aprenden a romper ese ciclo.
Mi espiral soy yo. Una mujer en pleno proceso de empoderamiento, que se levanta y sigue girando en este mundo desigual. Una mujer que transforma el dolor en arte y la cicatriz en símbolo. Porque mientras exista silencio, no habrá justicia. Y mientras existan espirales, habrá movimiento, esperanza y vida.
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